Nuestros precursores - primera parte
Desde principios del siglo XVIII, la villa de Santa Fe de Guanajuato y la región del Bajío experimentaron un gran crecimiento económico como resultado de la introducción de nuevas tecnologías para explorar el subsuelo y extraer los metales preciosos así como de una serie de incentivos a la minería otorgados por los monarcas españoles.
Al aumentar la labor de las minas, en la villa se incrementó el comercio mientras que en las haciendas agrícolas y de beneficio establecidas en sus alrededores dio inicio un periodo de actividad productiva nunca antes vista.
Hacia la década de 1730, los habitantes de Santa Fe de Guanajuato tenían varios motivos para sentirse orgullosos de su urbe y confiar en un futuro prometedor: su población ascendía a más de 30 mil almas, sus minas producían generosamente y sus operarios eran los mejores pagados en el mundo.
Esta prosperidad material atrajo a nuevos pobladores entre los que había individuos de todas clases y oficios productivos pero también algunos vagabundos y mendigos empujados por la miseria así como aventureros, bandidos y contrabandistas atraídos por la ambición y la posibilidad de enriquecerse rápidamente.
Al incrementarse la población, comenzaron a abundar las diversiones, festividades y ferias a la par de casas de juego y vicio que colocaban a los jóvenes criollos y peninsulares cerca de los riesgos que produce el exceso de ocio, pues la villa aún no contaba con un colegio formalmente establecido.
Será en el año 1732 cuando, consciente de este escenario, Doña Teresa de Busto y Moya -de origen criollo y viuda de un importante minero- toma la determinación de aportar parte de sus bienes para el establecimiento de un centro de enseñanza de la Compañía de Jesús. A esta iniciativa pronto se sumaría el también minero, agricultor y hacendado peninsular Don Pedro Bautista Lascuráin de Retana así como un grupo de prominentes guanajuatenses de los que desconocemos su rostro pero cuyos nombres recordamos con gratitud y honor.
PLANO DE ROZUELA

Nuestros precursores - segunda parte
Tras la expulsión de los jesuitas de la Nueva España en 1767, sus edificios, haciendas, conventos, casas y colegios -incluido el Hospicio de la Santísima Trinidad de Guanajuato- fueron confiscados junto con los objetos de culto, muebles, obras de arte, papeles y libros que se hallaban en su interior para ser puestos bajo el resguardo de una oficina real denominada Junta de Temporalidades.
Después de permanecer cerrado casi dos décadas, en 1785 las autoridades encomendaron el hospicio a los sacerdotes del Oratorio de San Felipe Neri, quienes continuaron dignamente con la labor de enseñanza bajo el nombre de Real Colegio de la Purísima Concepción.
Durante este periodo será fundamental la labor del guanajuatense Marcelino Mangas de la Rabia, quien durante los difíciles años de la guerra entre insurgentes y realistas tomó la determinación de seguir impartiendo las cátedras sacrificando sus escasos recursos en la adquisición de los materiales de enseñanza y habilitando como aula su humilde habitación.
En 1821, al consumarse la independencia nacional, se decreta que la educación superior debía de ser costeada por el Estado iniciándose así una nueva etapa en la historia del centro educativo que culmina en 1870 cuando, tras el triunfo del gobierno liberal sobre las facciones conservadoras e imperialistas, es elevado a la categoría de Colegio del Estado de Guanajuato, denominación que mantendría hasta su transformación en Universidad de Guanajuato en el año de 1945.
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Anónimo
S. XVIII
Óleo sobre tela
Serie Biografías:
Josefa Teresa de Busto y Moya, 1960
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Anónimo
S. XVIII
Óleo sobre tela
Carta Consolatoria, 1764
Error
Herrera (firma)
Siglo XIX
Óleo sobre tela
Carta a los Señores Inspectores, 1831
Error
José Miranda
Siglo XIX
Óleo sobre tela





