Desde principios del siglo XVIII, la villa de Santa Fe de Guanajuato y la región del Bajío experimentaron un gran crecimiento económico como resultado de la introducción de nuevas tecnologías para explorar el subsuelo y extraer los metales preciosos así como de una serie de incentivos a la minería otorgados por los monarcas españoles.
Al aumentar la labor de las minas, en la villa se incrementó el comercio mientras que en las haciendas agrícolas y de beneficio establecidas en sus alrededores dio inicio un periodo de actividad productiva nunca antes vista.
Hacia la década de 1730, los habitantes de Santa Fe de Guanajuato tenían varios motivos para sentirse orgullosos de su urbe y confiar en un futuro prometedor: su población ascendía a más de 30 mil almas, sus minas producían generosamente y sus operarios eran los mejores pagados en el mundo.
Esta prosperidad material atrajo a nuevos pobladores entre los que había individuos de todas clases y oficios productivos pero también algunos vagabundos y mendigos empujados por la miseria así como aventureros, bandidos y contrabandistas atraídos por la ambición y la posibilidad de enriquecerse rápidamente.
Al incrementarse la población, comenzaron a abundar las diversiones, festividades y ferias a la par de casas de juego y vicio que colocaban a los jóvenes criollos y peninsulares cerca de los riesgos que produce el exceso de ocio, pues la villa aún no contaba con un colegio formalmente establecido.
Será en el año 1732 cuando, consciente de este escenario, Doña Teresa de Busto y Moya -de origen criollo y viuda de un importante minero- toma la determinación de aportar parte de sus bienes para el establecimiento de un centro de enseñanza de la Compañía de Jesús. A esta iniciativa pronto se sumaría el también minero, agricultor y hacendado peninsular Don Pedro Bautista Lascuráin de Retana así como un grupo de prominentes guanajuatenses de los que desconocemos su rostro pero cuyos nombres recordamos con gratitud y honor.
PLANO DE ROZUELA































